El arte en la tuquera de Hernán

¿Te gustan Las Pastillas del Abuelo? Yo no los conocía y me bajé un montón de temas para escucharlos... y llegué a la conclusión siguiente: no me gustan. Y estas son las razones. Esta columna fue publicada en el #116 del Periódico Pausa y fue una de las notas más leídas del blog del Periódico durante el 2013.


Hace un par de semanas decidí bajarme unos temas de Las Pastillas del Abuelo (LPDA) por dos razones. Primero, me habían dicho que sus letras tenían algunos toques sabineros y como Sabina me gusta quería fijarme qué onda estos muchachos. Y, segundo, es una de las bandas con mayor aceptación en los individuos de la franja etaria de mis alumnos de la facultad (entre 18 y 25 años), y quería saber por qué les gusta tanto.
Mi intención en esta columna no es ponerme en juez del buen gusto y concluir que LPDA son buenos, malos, más o menos; o si hacen buena o mala música, porque, además, yo de música no sé nada y no puedo distinguir si un pentagrama tiene renglones o rayas; o cuáles son las diferencias entre las corcheas y un corcho. Y, además, LPDA son un ejemplo al azar de un conjunto de bandas.
La cantidad de temas que descargué para escuchar representa la mitad de las canciones que la banda editó desde su creación y, se supone, es una recopilación con lo mejor de la misma. El total de sus letras están escritas en primera persona del singular (yo) y en un porcentaje cercano al 80% el que las escribe se las refiere a una segunda persona del singular (tú) que, por lo general, es una chica. Por lo tanto, las canciones hablan de -casi todas- a una situación personal del autor y se las cuenta, como si fuera íntimamente, a otra persona. Por otro lado, no existen casi las adjetivaciones, y cuando existen son tan vulgares como “fuerte sentimiento”, “calurosa pasión”, “día gris”, etc. La referencia a estas situaciones son directas e inmediatas: el tipo está contando su vivencia personal, no lo que él sintió en relación a esa situación o a una situación que lo exceda más allá de haberla presenciado. Digo esto porque tal vez alguno me quiera correr diciendo que eso hacen los poetas. No, mentira. Los poetas expresan su interior, lo que sienten en una situación (de allí la famosa “función expresiva” del lenguaje… y qué feo tener que acudir a Jacobson para defender mi hipótesis) y no describen literalmente esa situación singular.
A propósito, de las metáforas o alegorías, mejor ni hablemos: brillan por su ausencia. Y aquellas que intentan llegar a ser una, se quedan en la célebre comparación “arjoneana”.
Para que vean que no exagero, voy a poner tres ejemplos que intentan ilustrar lo que afirmo:
-  pica el bagre y la sonrisa se empieza a borrar / lo puedo sentir siempre un as bajo la manga / quien será el primero que se compre uno de milanga.” Canción: El sensei. (Ramón y Juan Pedro Fasola están en el cielo apuñalándose los oídos con unos diamantes que les prestó Lucy)
-  “no pudiste decirle que no a esa línea que separa la vida en locura y realidad (…) pediste una pala para cavar tu fosa (…)”. Y la canción termina con el sonido de un tipo aspirando.
-  Una de las canciones se llama “Puta”. Sí, hace referencia a una prostituta.
Los chicos que necesitan Viagra

Es decir, las referencias al estado de cosas (el “él” necesario al que toda enunciación debe hacer presente) es inmediato, literal, pornográfico diría, quitando la denotación sexual del término (¡Qué casualidad que las web más visitadas son las pornográficas!). Son letras que necesitan explicar todo, mostrar todo, no dejar lugar más que a una interpretación literal de los sucesos referidos. La no simbolización hace que el pensamiento se limite a razonar de manera inmediata…o sea, que no razone. Y los enunciados que logra este tipo de “poesía” es singular: hace referencia a la porción del mundo que sólo se percibe mediante los sentidos, que se experimenta y que es inmediata con quien la está describiendo. Lo mismo pasa, por caso, con la cumbia villera (muy a pesar de que el pianito de Pablo Lescano embriague mi alma e hipnotice mis caderas cada vez que lo escucho): la descripción literal de un estado de cosas (“Laura se te ve la tanga”)… sin efectuar la crítica para el cambio de ese estado injusto.
¿Efectos? No existe el mundo más allá de lo que yo vivo; más allá del individuo. Y por lo tanto, todo lo que pueda explicar se limita a eso: a una justificación por la experiencia individual del sujeto, en repudio a todo intento de pensamiento abstracto. El único mundo concebible es el concreto, el que tengo ahí, que lo veo… y no necesito pensarlo ni reflexionarlo. Ni hablar de las limitaciones en el uso de la lengua, en la cantidad de palabras que tenemos a disposición para explicar o describir el mundo.
¿Y qué tiene que ver con mis alumnos? La extendida dificultad para elaborar un pensamiento abstracto; las carencias a la hora de reflexionar sobre una consigna que no pida la definición literal de un texto. Las deficiencias en las lecturas reflexivas de los autores que leen. La escasa cantidad de palabras utilizadas para responder y la recurrencia casi permanente a la ejemplificación como estrategia argumentativa. Por supuesto, la relación no es tan directa y existen múltiples factores que intervienen y condicionan la misma… y el arte es uno de esos factores, sin duda.
Si este es el arte que hoy mejor representa a la juventud; si este es el modo que tiene el arte de representar el mundo de los jóvenes; si este es el producto de consumo y adoración de los adolescentes y jóvenes, entonces ¿qué van a reproducir nuestros jóvenes? Al menos tengamos el decoro de no echarles la culpa por el sistema de consumo industrial y veamos qué, como adultos, les estamos ofreciendo a quienes luego serán nosotros.

Mientras tanto, la imaginación, aquello que podría ser posible y que contrasta con el estado actual de cosas (miserable, por cierto), el pensamiento, la poesía, la crítica, aquello que estimula la idea de otros mundos posibles (y mejores) siguen esperando que Hernán saque de la galera una hermosa tuquera.

¡Una más... y no odiamos más!

Y esta es la columna escrita para el #114 del Periódico Pausa... mis odiados en los recitales.


He dicho en más de una ocasión que odio el frío… bah, he dicho en más de una ocasión que odio y he dado pruebas, en esta columna, de ello. Imagínense si encima estoy enyesado hace un mes y, ergo, muy aburrido: insoportable, intolerante y transpirando gruñidos… sí, las condiciones justas y óptimas para la primera tanda de odiados de este 2013.
Pero esta vez mi odio intentaré concentrarlo en un lugar específico. No voy a andar salpicando odio para todos lados… un lugar que me encanta, en donde disfruto muy a pesar de ellos y ellas. Sí, en un recital también soy capaz de detestar a determinada clase de gentes.
Para empezar, quiero decir que entiendo perfectamente que un recital puede ser un espacio de socialización. Las personas van a relacionarse con otras; ocasionalmente podés quedarte unos minutitos contándole a un conocido si andás bien… pero no estás en la Pueyrredón un domingo a la tarde tomando mates como para que le cuentes a tus amigos lo que te pasó durante la semana: ¡hay una banda tocando allá adelante, arriba del escenario… y que encima yo tengo ganas de ver y escuchar! En esta categoría, se llevan un premio Muy Bien de los hnos. Bustamante los que van al concierto en plan levante y/o encare… en serio, dan asco. De esto último yo quisiera culpar a banditas de rock light para adolescentes que, por una cuestión de cuidarme de insultos no voy a nombrar… y no sé si les va gustar.

Odio a los que llegan tarde por algo que ya saben: odio la impuntualidad. De todos modos, a estos los aborrezco en particular porque como ya es costumbre que los recitales empiezan después de lo que la entrada dice, todos un poquito llegamos tarde… y si además vos llegás más tarde que eso ya lo tuyo es un insulto. Ser más impuntual que un rockero, querido, no da.
Estos impuntuales, que buscan su lugar entre la gente pidiendo permiso (o no) para pasar, me dan pie para decir que también odio a los que se la pasan paseando mientras la banda está tocando y que siempre, pero siempre, pasan por donde uno está parado. Sí, no importa que estés codo a codo con alguien… estos insoportables se las arreglan para tener que pasar justo en el milímetro que queda entre vos y la persona de al lado… algún día voy a pararme a tres cuadras del escenario, solo a 20 metros a la redonda y, no tengo dudas, va a pasar chocándome con su mochila algún pibe. Galardono con un premio a la excelencia a los que pasean, te pasan por al lado, se frotan contra tuyo para pasar… y son los que vienen en cuero todos traspirados recién saliditos del pogo. Un encanto salado.
Y hablando de “siempre”… siempre, pero siempre y no intenten evitarlo, adelante se les va a parar Shaquille O’neal (¿No saben quién es? Googleen y verán a una bestia de más de 2 metros). Entonces, un pasito palizquierda, él se corre palizquierda; un pasito paladerecha, y él también. ¿Qué le vamos a hacer? Es así, no hay remedio contra eso. De última, si sos mujer, pedile que te haga upa o hacele carita y seguro se corre… y si sos varón, andá con tu novia o una amiga así tenés quién le haga carita al lungo y zafás.
Los que tienen entre 15 y 23 años aproximadamente, luego de leer el próximo odiado van a decir, casi con seguridad “¿y qué tiene de raro eso?”, porque voy a decir que me parece ridículo ir a un recital… para mirarlo todo por la pantalla de la filmadora o de la pantalla del celular. Sí, odio a los que están todo el recital filmando y, para peor, levantan las cámaras y me tapan… flaco, el recital es único e irrepetible; he visto más de 10 veces a algunas bandas y ningún show es igual al otro… ¡y es justamente eso lo que hace emocionante el evento! Pero no, prefieren filmarlo para poder postearlo en facebook o youtube y que alguien diga “Oh, mirá estuvo ahí”, como si a alguien le importara… cuando lo que importa es verlo en vivo y en directo y no en diferido estando ahí mismo. Yo sé que no se le desea el mal a nadie (mentira), pero ojalá a estos muchachitos/as cuando esté terminando el recital un pogo furioso los lleve puesto, se les caiga la filmadora y se le haga pelota… y capaz así se dan cuenta que el recital, como dirían las Azúcar Moreno, sólo se vive una vez.
Por último, pero no por eso menos insoportables, están los que se la pasan pidiéndole un tema al cantante… como si el tipo subiera al escenario e improvisara el repertorio; como si fuera una especie de concierto delivery o un programa de radio donde te pasan tus pedidos musicales.

Loco, dejá al músico que haga su trabajo, que exponga su obra que tanto esfuerzo le costó crear y disfrutalo. Díganme si no les resulta infumable estar saliendo de un recital y escuchar que adelante tuyo van diciendo “Estuvo bueno, pero no tocaron X”. Seguro que el que lo dice es un flaco de 2 metros que estuvo adelante mío todo el recital, con su celular filmando todo, chamuyándose una minita que se encontró ahí y que entonces me dan ganas de responderle: “buscalo en youtube… si total, verlo desde el celu, o venir a hacer lo que hiciste vos es lo mismo”.

Encuesta “¿Cómo debe reaccionar la sociedad ante el abusador Woody Allen?

1.- ¿Debe anularle todos los derechos de autor sobre sus películas, confiscarle su fortuna ganada en los últimos 21 años y quemar cada copia de sus films en una hoguera pública y ante una turba desaforada pidiendo su cabeza? SI / NO
2.- ¿Debe prohibirle ver a sus hijos con los que haya mantenido sexo y que no se hayan casado con él? SI / NO
3.- ¿Debe llevárselo a juicio por el supuesto delito y si es culpable condenarlo a una pena en prisión? SI / NO
4.- ¿Evitar gastar tanto gasto público en juicio y mantener a un abusador y otorgarle la pena de muerte? SI / NO
5.- Tiene 80 años: ¿esperamos que se muera de viejo y tampoco gastamos en la inyección letal? SI / NO
6.- ¿Debe apelar al sentido común y la tradición y decir que “una cosa es como cineasta y otra como persona”? SI / NO
7.- ¿Prohibirle la entrada a China? SI / NO (pregunta capsiosa: su otrora hija adoptiva, ahora cónyugue es norcoreana)
8.- ¿Debe permitir que Eduardo Feinmann lo llame “el cineasta degenerado” durante los próximos 4 meses? SI / NO.
9.- Si su respuesta a 8 es SI: ¿cree que ya es hora de que deje de pasar informes de Mangeri y le siga diciendo “el portero asesino”? SI / NO


¡GRACIAS POR SU TIEMPO Y COLABORACIÓN!
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El Quijote y las catástrofes políticas

En abril de 2013 se cumplieron 10 años de la inundación de Santa Fe que afectó a toda la ciudad. Y si bien los culpables de este desastre siguen impunes, los luchadores también siguen incansables en la búsqueda de justicia. Esta es la columna que escribí para la edición especial del Periódico Pausa a 10 años desde que nos tapó el agua. 


Hace unos días tuve la oportunidad (y el gusto) de compartir el aire de una radio con Héctor “El Flaco” Sanagustín, vecino inundado de Barrio Roma en el 2003 y miembro de lo que se conoce como “La marcha de las antorchas”, que lucha día a día desde hace ya casi 10 años por que se haga justicia por las víctimas de aquella inundación y se castigue a los responsables de la misma. Por supuesto que ante el testimonio de Héctor no hay más que hacer silencio, escuchar, estremecerse, reflexionar y admirar.

Su relato comenzó con lo que fueron las horas previas a la entrada del agua por Barrio Santa Rosa de Lima y cómo él fue testigo de la sigilosa, lenta pero incesante invasión del Salado a su casa. Salvó lo poco que pudo. Su narración siguió por el recuerdo de sus primeros pasos en lo es el reclamo de justicia y su llegada la plaza de mayo junto con el grupo del cual es referente. Esta lucha demoró en iniciarse ya que, como consecuencia del agua, Héctor fue postrado por una leptospirosis durante casi 45 días. Su primera salida luego del obligado reposo fue  la cancha de Colón. Luego, sí, siguieron las antorchas.
Una vez terminadas las anécdotas de los días bajo el agua, el flaco reflexionó sobre las responsabilidades de los funcionarios que inauguraron un terraplén incompleto y que nunca terminaron y que, causalmente, fue por donde entró el salado a la ciudad. Remarcó que además de las culpas de un grupo de individuos encabezados por Carlos Reutemann, Marcelo Álvarez y Juan Carlos Mercier, la inundación tiene sus orígenes en un modo de hacer política que caracterizó a la década del ’90: desguace del estado, privatización de sus empresas, neoliberalismo feroz y ausencia de políticas sociales y de obras públicas en beneficio de los ciudadanos más postergados. El ex gobernador y su ministro de hacienda son esa lógica hecha carne y es necesario no olvidarlo… y El Flaco y muchos otros luchadores, con su presencia, nos lo recuerdan. Del párrafo anterior yo quisiera hacer sobresalir tres cuestiones. En primer lugar, que la inundación no fue la consecuencia de un solo accionar corrupto de un par de tipos; sino que es lo que ocurre cuando hay todo un sistema político, social y económico destinado a ejecutar acciones que benefician los negocios del estado con el sector privado y no se preocupan por el bienestar público. Es decir, cuando el estado es corrupto y sus funcionarios también. Digo esto porque no hace falta un nombre propio en particular para que esto ocurra: es una lógica política lo que lo provoca, y en este caso, esa política se encarnó en Reutemann y Mercier, quienes no tienen argumento alguno para poder excusarse de su responsabilidad en la inundación. En segundo lugar, el terraplén que quedo inconcluso en el noroeste de la ciudad, Reutemann y compañía lo construyó en el poder judicial: se aseguró el resguardo de una justicia provincial que todavía hoy lo mantiene al resguardo de las denuncias en su contra por parte de los ciudadanos inundados. Y, en tercer lugar, ya es hora (y más aún luego de todo lo que se supo del accionar humano en esta inundación) de dejar de llamar catástrofe natural a una inundación cuyas consecuencias se podrían haber minimizado e, incluso, tal vez evitado (al menos las muertes y la cantidad de evacuados y pérdidas materiales). Llamar a lo sucedido catástrofe natural o “tragedia” también es lo que los responsables políticos de una ciudad bajo agua quieren imponer: si es natural la culpa la tiene “dios”; y si es una tragedia, entonces, fue inevitable. Ya está comprobado que es falso e injusto seguir insistiendo en estos modos de denominar una inundación provocada por la corrupción estatal.
“¿Y hoy qué te moviliza a seguir luchando, Flaco?”, le preguntan los conductores del programa. Él responde que en un principio quería ver presos a todos los responsables de la catástrofe. Pero señaló que se encargaron muy bien de armar una justicia cómplice que les garantice impunidad (“Y la impunidad cansa”) y por ello hoy desea que llegue el día que escuche que estos corruptos sean castigados con una inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos. Ni más ni menos.

“Je, a veces mis amigos me dicen Quijote, porque de 100.000 evacuados somos 4 o 5 a veces los que seguimos en la plaza”, remarca Héctor. Quijotes que tienen una cruzada contra molinos de corrupción, desgaste, resignación, reveses varios… Las palabras de El flaco demuestran que el tiempo no acaba las batallas: las acaba el abandono. Y ninguno de estos Quijotes siquiera lo  imaginan como opción… y a pesar de que, en ocasiones, como cuenta entre ademanes que contagian entusiasmo el Hidalgo Don Héctor de Barrio Roma, se sienta el agotamiento de espadazos contra las astas violentas de aquellos monstruos de madera y cemento, su lucha se siente, se vive, se multiplica en cientos de miles de santafesinos y santafesinas que, por ellos en la calle, tienen siempre presente que hace 10 años esos molinos infames fueron de agua y no de viento... y que tienen haciéndoles frente a los Quijotes y muchísimos Sanchos convencidos y conmovidos por la justicia de sus batallas, defendiendo a conciencia el espíritu que estos caballeros han instalado en sus espaderos, nosotros, sus vecinos.

Te amo, te odio

En esta oportunidad presento las condiciones necesarias para ser expulsado de mi lista de contactos de facebook. Este texto fue publicado en abril pasado, en el #111 del Periódico Pausa.


Mi relación con el facebook es muy ambigua y ciclotímica. Aunque pensándolo mejor, más que ambigua es bipolar, y más que ciclotímica es una montaña rusa. Odio el face, pero estoy todo el día conectado a él… y capaz lo odio precisamente por eso.
Mi primera cuenta la hice porque “no me queda otra”, y el entrecomillado es debido a que así se llamaba: me había cansado de juntarme con mis amigos y no saber de qué hablaban porque todo era “viste lo que publicó fulano”, “che, mengano batió cualquiera con lo que posteó”, etc., etc., etc. A esa cuenta, en 2010, la hackearon y esa fue mi oportunidad de renunciar a la red social peor diseñada del mundo. Pero no lo hice y con mi nueva cuenta toda mi declaración de principios morales sobre la privacidad y de no difusión de mi vida se fue al tacho. Cuando ya no podía ocultar mi fanatismo por lo que entonces yo, públicamente y como para hacerme el intelectual crítico, consideraba “la cosa que iba a acabar con la humanidad y las relaciones sociales”, y quienes me escuchaban defenestrar el face se me morían de risa en la cara empecé a decir que lo usaba como herramienta de trabajo: difundía algunas notas que escribía, publicaba bandas de música y relatos de escritores que me gustaban y era el medio de comunicación mis alumnos una vez que entramos en la era post-mail… y las 23 hs. restantes de día me la pasaba jugando al Bubble Island, chateando o chusmeando las publicaciones de mis “amigos”.

Pero quiero volver unos renglones y especificar algunas cuestiones relativas a mis “amistades” del facebook. Si hay algo a lo que no renuncié es a ser estricto en las exigencias para “confirmar” mi amistad con alguien en el feis. Para mí la palabra amigo es muy cara y, por cierto, no me interesa ser amigo de cualquiera ni en la red ni en la calle: hay gente a la que decididamente me niego a tolerar y/o querer. En otras palabras, me reservo el derecho de admisión y permanencia a mi vida. Mi umbral de tolerancia, en cuanto a la cantidad de contactos, es muy bajo; y por ende, cuando alcanzo un cierto número empiezo a limpiar la lista de amiguitos, y eso es algo que me da placer. ¿Y a quiénes elimino? A éstos, que podemos llamar, si ustedes quieren, mis odiados virtuales:
-  Los que ponen “Me gusta” en sus propios estados, fotos, videos… y comentarios. ¿No te alcanza con compartir algo para dejar en claro que eso te gusta? ¿Vos compartís lo que no te gusta, con las personas que no te gustan? Entonces, me parece innecesario, me pone nervioso y chau, qué tal.
-  Los que te comentan “No me gusta” en alguna de tus publicaciones… sencillito: me da alivio que a esas personas no les guste lo que publico, así no me da culpa cuando las elimino.
-  Los contactos “fantasmas”: esos que solamente ves cuando estás limpiando la lista de amigos. O sea, te agregan y luego no interactúan con vos para nada. Son como un papel de caramelo en el bolsillo: ¿qué hace ahí? No sé, no lo uso, lo tiro. Lo mismo con los Gasper virtuales. Ah, y de paso me ahorro ataques de paranoia.
-  Los que comparten “memes” y frases de manera compulsiva. Además, son citas generalmente fascistas, misóginas y homofóbicas… eso me da la pauta de que no tienen nada interesante para decirme. ¿Soy prejuicioso? Sí, ¿y?
-  Los que publican absolutamente todo lo que hacen o están haciendo, incluso cuando se van a bañar… mis pobres criaturitas: ¡cuánta soledad! Ni que fueran los personajes de la canción de Twiggy, “Necesito un amigo”. Los abrazo en amor, pero antes los elimino.
-  En la anterior categoría podemos incluir a los que se quejan de la ola de inseguridad, de que no se puede salir a la calle, pero postean que se fueron una semana a Brasil o que dejaron la casa sola… son casi tan odiables como los que viven perseguidos por el crimen pero pegan una calcomanía en sus autos de la cantidad de hijos y mascotas que tienen a disponibilidad para ser secuestradas.
-  Las parejitas que se declaran permanentemente su amor por facebook… ¡y viven juntos!
-  Los que me mandan solicitudes de juegos cada 2 minutos y/o me invitan a eventos que saben que no me interesan… les aclaro: ni soy una sala de videojuegos que venda fichas ni me banco que me usen de espacio publicitario sin mi permiso.
-  Los que de manera intencional escriben con errores de ortografía. yop no c xq lo acn y con k sentido i c enojan si los correjis.
La lista de condiciones creo que sigue, y viendo lo insoportable que soy seguro se preguntan cómo puede ser que tenga contactos todavía y que además haya personas que lo quieran ser… quédense tranquilos: yo también me lo pregunto.
Y así dadas las cosas, es más claro por qué digo que mi relación con el feis es bipolar… parafraseando al gran Charly, terminaría diciendo que lo amo, lo odio, dame un “like”.

¿Metimos un Papa?

En marzo pasado el cardenal Jorge Bergoglio fue elegido presidente del Estado del Vaticano. Asumió bajo el seudónimo de Francisco. Desde luego, el hecho fue de los más trascendentales de la política mundial. Y esto es lo que yo dije sobre ello en el 110 del Periódico Pausa

Hegel en su artículo “La positividad de la religión cristiana” afirma que “la religión enseña lo que la política necesita”. En otras palabras, deberíamos decir, entonces, que cada estado tiene la iglesia que necesita. Más aún, cada  época, cada régimen social, político y económico construye subjetividades aptas para ser gobernadas con ayuda, entre otras instituciones, de la iglesia.
A nadie sorprendemos, pues, si coincidimos con Althusser cuando dice que la iglesia (junto a la escuela, la familia, etc.) es uno de los aparatos ideológicos del estado. Es por ello que, quienes nos autoproclamamos ateos no podemos permitirnos ignorar el acontecimiento eminentemente político (estoy tentado a decir ‘exclusivamente político’) ocurrido en el “Estado” del Vaticano el pasado 13 de marzo. Porque el ateo no se preocupa si dios efectivamente existe o no (discusión, por cierto, inútil). Al ateo lo que debería preocuparle (y le preocupa) es la inmoralidad o no de la idea de dios, y vaya que sí existe esta idea, por las consecuencias y efectos que la misma tiene sobre los seres humanos. En otras palabras, creer que dios no existe es ya no el producto de un descuido, sino la más grave de las inocencias, una de las más nefastas de las imposturas vulgares que, si nos llamamos zoo politicón, no nos podemos permitir… o renunciemos a las políticas. Incluso, si dios no existe porqué aún se eligen papas. En síntesis, dios existe efectivamente y somos testigos cotidianamente de ello. Quien es ateo, pues, debe preguntarse si dios debería existir entonces y debería cuestionar los efectos de su existencia. Todo ateo necesariamente debe ser nietzscheano: Dios debe morir para que nazca el superhombre (o, ya que tan polémica es esta figura para la historia del siglo XX, para que el hombre pueda nacer libre).

El Papa argentino... y peronista.
Pero si además de considerarnos ateos, tenemos conciencia histórica -como por otro lado, debemos tener- y nos re-conocemos como sujetos latinoamericanos, no podemos ignorar la relevancia que tiene como pueblo que por primera vez en la historia de una de las instituciones más antiguas del mundo occidental elija como presidente de su estado a una persona de estos sures (por no decir, directamente, “una persona del culo del mundo”). Podríamos pensar entonces que el culo queda cada vez más cerca del corazón o el cerebro del mundo, o que el culo empezó a picar y es necesario rascarse. Siendo un poco menos ilustrativo, si somos ateos latinoamericanos no podemos ignorar el 13M y sí debemos reflexionar y, yo propongo, a partir de la siguiente pregunta: “Si estos comienzos del siglo XXI encuentran a casi toda Latinoamérica andando por primera vez en 200 años como un bloque compacto que emerge con cierto poder para contrarrestar las fuerzas de los poderosos de siempre que cada vez son menos poderosos, y este andar se trasluce o visualiza en numerosas políticas de inclusión social, en legislaciones más igualitarias y que favorecen a sectores por siempre postergados (llámese pobres, homosexuales, transexuales, indígenas, mujeres) y/o políticas que posicionan de pie a Latinoamérica, ¿por qué todo esto coincide con la elección de un Papa nacido en esta región? Creo que es aún muy pronto para ser definitivo al respecto y por más tentado que esté a dar una respuesta preferiría la prudencia a la urgencia y me reservo el derecho de no apresurarme a hacerlo público. Sí voy a decir que creo que es una reacción a lo antes descripto provocada por el terreno perdido por la institución (y los bloques que históricamente el Vaticano ha representado) en la región y no una mera casualidad o el regalo a un tipo, Bergoglio, que les cae bien a los obispos europeos. Asumo el riesgo de estar equivocado en mi hipótesis y si así fuera lo reconoceré inmediatamente, contrargumentos racionales mediante.
Pero por otro lado, si usted es creyente o católico practicante y con pleno derecho a contentarse o ponerse orgulloso (derecho que nadie puede negarle y/o criticarle) porque cree que el Papa es argentino o porque “tenemos” un Papa, lo invito a que repase el nombre que lleva la Iglesia que lo representa y me diga si es Católica Apostólica Gaucha… o sigue siendo Romana, o sea, la asamblea de la capital del imperio que la fundó y que gracias al resto del mundo le sigue dando vida.
También, si así lo prefiere, lo invito a que me acompañe en la prudencia y no sea tan contundente afirmando que ahora somos algo así como el pueblo elegido… ¿o acaso no escuchó en qué idioma fue presentado Bergoglio (latín), y en cuál otro idioma él se dirigió al que ahora es “su” pueblo cuando asumió como presidente de la iglesia católica? Buonasera a  tutti…

La mitad de mi vida

Columna publicada en el #109 del Periódico Pausa (Marzo 2013)

La verdad que este verano tuve muchísimo tiempo disponible para hacer nada. Entonces aproveché el raid de vida saludable con el que terminé el 2012 y decidí tomarme un par de horas al día para ir a la costanera a caminar, trotar y hacer todo eso que se conoce como “el cuidado del cuerpo”. (Consejo: no intenten salir a hacer ejercicios escuchando Red Hot Chili Peppers, porque las piernas y las pelvis responden a la música y no a quien la escucha, y la caminata se convierte en un ridículo “footing”)
Esos momentos que pasé conmigo mismo reflexioné mucho (no tenía demasiadas otras cosas para hacer tampoco). Y ustedes dirán “Ah, pero qué bien. Seguro que además de oxigenar sus várices, el Licenciado también oxigenó su cabeza y se volvió una persona más sabia.” Bueno, no fue exactamente así como sucedieron las cosas. Sí es cierto que pensé… pero muchas pavadas y ni una sola cosa trascendental para mi vida o la del mundo.
O sí, hubo una, pero que en vez de servirme me deprimió horriblemente. Gracias al tiempo libre, me di cuenta que por estos días he alcanzado la mitad de años que se estipulan para una edad promedio de vida en el ser humano… pero lo que lo hace terrorífico no es eso, sino que repasé estos años y caí en cuenta que no hice ni un cuarto de las cosas que hubiese querido hacer antes de llegar a mi edad actual y que ya no estoy en condiciones de hacer. Ergo, ahora entiendo porqué la gente no sale sola a hacer ejercicios: no se quiere deprimir... y la que sale sin compañía, seguro es mucho más joven que yo o ya está resignada y ser un fracasado no le hace tan mal.

Capaz usted se dice: “¿Pero qué son esas cosas que tanto lo deprimen? ¿Tan importante serán?” No sé si son importantes, pero sí sé que ya está, ya pasaron y yo no las hice. Y estas serían algunas de ellas.
-               Ser jugador de fútbol profesional. Todavía sigo idealizando cómo sería mi debut en primera y todo… iluso. Sólo Riquelme y el Burrito Ortega son más viejos que yo, y ya sabemos cómo están cada uno de ellos. Aunque el Pupi Zanetti me sigue dando esperanzas.
-               Ver a Divididos en vivo en el estadio de Obras Sanitarias. Ya no se hacen más recitales ahí.
-               Meterme en el medio de un pogo de Pantera o Megadeth. Pensarlo nomás, hoy, ya me da vértigo.
-               Tocar la batería o la percusión en alguna banda. Primero debería aprender música, después a tocar la batería y tercero conseguir un grupo de gente que me acepte en su orquesta. Ah, y como encima soy zurdo, tengo que dar vuelta el instrumento y aprenderlo desde otra lógica. Como diría el personaje de Capusotto: “¡Esh imposhible!”
-               Viajar al exterior de mochilero (Europa y/o Latinoamérica toda) y con un itinerario improvisado. Debo decir que salí dos veces del país: Fray Bentos a dar vuelta en auto y con el único propósito de poder decir “Oh, salí de Argentina”; y Villason a comprar baratijas berretas, aguayos y volví. O sea, habré estado fuera del país unas 4 horas y en Uruguay siquiera pisé el suelo. Ah, y como con los años perfeccioné mi neurosis obsesiva, lo de improvisado lo dejamos para después.
-               Ganar un Oscar (mejor actor principal), dar un discurso anti-imperialista, ser ovacionado a rabiar y felicitado por Sean Penn y Woody Allen.

Encima, desahuciado yo por ver y escuchar la juventud que ya no está, vuelvo a mi casa y le comento a mis seres más cercanos lo que me está pasando y me tratan de loco y estúpido. Me mandan a que haga algo con mi vida porque esto me pasa por estar sin hacer nada mucho tiempo… y ese es el problema: ¡no hice nada con mi vida y además tengo que bancarme que me lo refrieguen en la cara!
Otra de las reacciones es la de darme aliento y/o consolarme con palabras que creen son palmaditas en la espalda. Un amigo me dijo que yo estoy desactualizado y que el promedio de vida ahora se estiró de 5 a 10 años. O sea, voy a vivir 10 años más de los que yo creía sintiendo que he fracasado y malgastado la parte más activa de mi vida, gracias. También me pasó que me respondieron que preocuparme por eso no tiene ningún sentido y que tengo que tomarme las cosas de otra manera porque “¿mirá si en vez de morirte dentro de 35, 40 años, te morís dentro de 3?” ¿A quién se le puede ocurrir que esa respuesta a mis planteos es positiva y buena onda, eh?
En fin, yo pensé que salir a caminar, tomar aire, escuchar música, conectarme conmigo mismo y ver gente era algo bueno y productivo. Todo lo contrario. Lo único bueno que puedo sacar de un verano acariciado por el viento de la Setúbal es que fue gracias a eso que se me pensé esta columna para arrancar el año del Pausa.

¡Estalló el verano!

Esta nota fue publicada en el Periódico Pausa apenas concluido el verano santafesino. Es una nota anticipatoria... si la leen, sabrán porqué.

Se terminó el verano, sí. Y muchos de ustedes estarán exclamando “¡Por fin se terminó el verano! Ya no se aguantaba más el calor, la humedad ni los mosquitos.” Sin dudas, tres factores que hacen a Santa Fe una ciudad casi inhabitable durante esta estación.
Yo también me alegro que se haya terminado… bah, en realidad no sé si es alegría o alivio, porque para mí, ¡por fin se terminaron los que se viven quejando del calor, la humedad y los mosquitos como si no supiéramos que en Santa Fe hace mucho calor, hay mucha humedad y nos invaden los mosquitos desde que el mundo es mundo! Para que quede claro: son igual o más insufribles que una nube de jejenes un sábado a la tardecita en la costanera.
Debo ser justo y decir que no todos lo dicen en tono de protesta (pero porque además ya me veo venir la respuesta: “Yo no me quejo…es una realidad. ¿O me vas a negar que hace calor?”). Pero eso es algo que no los exime de entrar a mi club de odiados; incluso, los hace encabezar el ranking. Son los que un amigo llama “Informadores de lo obvio”. ¿Quiénes serían? Se los defino con algunos ejemplos y lo que me dan ganas de responder cada vez que me topo con alguno.
1.- “Te cortaste el pelo” (No, tragué moco muy fuerte)
2.- “¿Llegaste?” (No, soy un holograma)
3.- Aquellos que van en la calle y te dicen, iluminándote, “llueve” (Menos mal… yo pensé que me había pishado encima)
Y así podríamos imaginar muchos casos más. También los hay para el asunto del calor, la humedad y eso; pero con un agravante: todas y cada una de las conversaciones empiezan con alguna mención al clima, siempre.
- Hola, ¿cómo andás?
- Con calor. No se puede estar eh.
La tapa de la revista Gente... un clásico del verano (facho y superficial)
También tenemos un selecto grupo de simpáticos que hacen un sofisticado uso de la ironía y el sarcasmo. Los famosos… “¡Decí que está fresco eh!”; “Menos mal que hace frío, ah”.
Lo peor de todo esto es que uno se los tiene que aguantar, porque si ante tamaña revelación climática yo respondiera  “¿Calor? ¡No te puedo creer! ¿En serio? A ver, esperá que desconecto la batería refrigerante que me injertaron el otro día y te lo confirmo”, me tratan de desubicado, maleducado, mala onda y, paradójicamente, de quejoso. Sí, encima el gruñón termino siendo yo.
Santa Fe en verano es un palacio monotemático. No se habla de otra cosa (las redes sociales potencian a los informadores de lo obvio). Con tantas cosas lindas para contar; tantos temas interesantes de los que hablar, acá se vive como si todo encuentro fuera un incómodo viaje silencioso en ascensor con un vecino que no conocés: hay que decir algo, por más que no tengas nada para decir. ¿Por qué? Nadie sabe. Un ejemplo resume este último párrafo.
Tuve el privilegio de viajar al Noroeste en enero, y de la emoción se lo contaba a cada uno que me iba preguntando qué hacía en vacaciones. Yo, chocho, quería contagiar un poco mi alegría… terrible error. Lo único que obtuve como respuesta fue: “¿Al norte? ¿Con el calor que debe hacer allá en enero? ¿Cómo te la vas a aguantar?”. Lector, exímame de comentarios al respecto porque trato con todo mi esfuerzo de no dejar salir al enano facho que todos llevamos adentro, créame.
Por eso, y para terminar, a partir de hoy comienza mi cuenta regresiva… faltan 274 días para un nuevo calvario. Han convertido a mi estación favorita en eso, un sufrimiento. No los voy a extrañar, en serio. Y menos sabiendo que, como suele suceder todos los años, desde mañana las mismas personas arrancan a informarme sobre el frío que está haciendo. 

Te juro que ya no tengo ganas...


Hace aproximadamente 3 meses, y por motivos que no vienen al caso, decidí dejar de fumar… bah, en realidad hace casi 3 meses, y de una vez por todas, le hice caso a mi decisión tomada todos y cada uno de los días en los últimos años y no fumé más… por ahora.
Cuando lo conté públicamente muchos me felicitaron, varios me preguntaron cómo hice (concientes de que es tan difícil), algunos desconfían de que lo pueda mantener y pocos me preguntaron por qué lo había dejado (como si no hubiera razones lógicas para hacerlo). Sin embargo, nadie me preguntó cómo me sentía o si ya me había arrepentido de mi decisión. Y menos mal, porque mi respuesta hubiese sido, en contra de todo sentido común: “Sí, me arrepentí. Dejar de fumar es lo peor que pude hacer en mi vida y está perjudicando poderosamente mi salud.”
Dejar el faso (no, no “ese” faso. Lo que pasa que esto del periodismo exige no repetir muchas veces las palabras en un texto y me voy quedando sin sinónimos, vio) significa, por si no lo sabe, desacostumbrar no sólo su cuerpo a la nicotina, sino su cabeza y su conducta a las prácticas habituales. Yo hace casi 20 años que casi todo lo que hacía en mi vida lo hacía con un pucho en la mano. Ergo, haber dejado de fumar implica dejar de vivir mis últimos 20 años de vida… o vivirlos de otra manera, y eso tiene sus perjuicios.
Por ejemplo, me recomendaron que para calmar la ansiedad y evitar tener recaídas cuando me dan ganas de fumar, tome agua… eso significa que he incrementado el consumo de agua casi un 500% en el último mes y medio. O sea, he ido un 500% más de veces al baño a orinar por día… y por noche. Exacto señor lector: hace 3 meses que no puedo dormir una sola noche de corrido porque me despierto a cada rato con ganas de ir al baño. Pero eso no es lo grave, porque usted podría decirme: “Y bueno, acostúmbrate para cuando seas viejo y tengas problemas con la próstata”. No, lo grave es que durante 20 años cuando me desvelaba, ¿qué hacía? ¡Sí, me prendía un pucho! Y ahora me paso una hora mirando al techo, sin poder dormir, ¡y pensando en no fumar!
Pero también mi vida se convirtió en una feria del aburrimiento. Yo amo la noche, y espero que esto no se interprete como si yo fuera una especie de Guillote litoraleño, no. Amo estar solo en mi casa de madrugada, gozando el silencio urbano, ya sea escribiendo esta columna, leyendo o mirando alguna de mis series favoritas. Bueno, desde que no fumo me voy a dormir temprano para evitar que me den ganas de fumar, ya que todo eso que dije que me encantaba hacer lo asocio a la compañía del cigarrillo y por eso evito también quedarme levantado hasta tarde… ¿Un fernecito un sábado solo a la noche en casa? ¿Ir a tomar algo a un bar? ¿Juntarme a comer con amigos? ¿Vida social? No, tampoco. Por miedo a tentarme y a manotearle el atado a alguno y chau.


Y es más, hasta me llevo peor con mis suegros, que había logrado que me quieran y todo. Sí, porque resulta que después de cada comida compartida en su casa, yo les sacaba al perro a la calle y aprovechaba a fumarme “el puchito de después de comer”. Bueno, ahora eso lo tiene que hacer mi suegro. Ah, me olvidaba: Falucho, el perro, también me odia desde que soy ex fumador, porque a veces se queda sin paseo, ya que mi suegro tampoco fuma.
En fin… le doy un consejo si anda con ganas de largar el vicio: no lo haga. Siga fumando. Va a dormir de corrido toda la noche, y su vida perseguirá el mismo norte que siempre. Si lo deja, después además de su vida social, va a extrañar los dolores de espalda matutinos, el catarro de recién levantado, el carraspeo, el relajante olor a nicotina en los dedos, comer apurado y sin digerir para poder ir a pitar. Pero sin dudas, lo que más va a extrañar, si deja de fumar, es estar con un fumador y no darse cuenta lo feo, muy feo, que huelen… y el aliento que tienen.
(Columna publicada en el Periódico PAUSA)

Noche de paz y...


Con plena conciencia burguesa -atajándome así de las críticas que en realidad deberían ser destinadas al capitalismo clasista de mercado y su lógica del consumo- voy a confesar que amo las fiestas de fin de año… y de ellas, a la Nochebuena aún un poco más que al resto. ¿Por qué? Adivine. Van algunas pistas.
No tiene que ver con alguna reminiscencia religiosa de mis años devotos, no. Tampoco, supongo, con el placer de re-encontrarme con la familia y con la satisfacción que me provoca andar saludando sonriente a un montón de gente, reiterándoles mis deseos de que cada vez le vaya mejor (entiéndase: el año que viene). Algo sí, tal vez, pueda que se deba a que me encanta comer y tomar lo que en navidades se come y toma, como si fuera el fin del mundo… a propósito, espero que los mayas estén equivocados porque si no me quedo sin comer y tomar como a mí me gusta.
Tampoco me gusta demasiado el barullo. No hay que ser mago para que usted, mi querido (después de dos años hasta casi que le agarré cariño y todo) lector, se anoticie de que no me gustan los cuetes ni las fiestas privadas donde te masacran el bolsillo para aturdirte y amontonarte.
Pero y entonces, ¿por qué me gustan tanto las navidades? Y bueno, más pistas no puedo darles. Claro, me gustan porque me gustan los regalos. Exacto. Y por eso, el 24D, junto con mi cumpleaños son los dos mejores días del año. Así es, soy un narciso consumista… y no me quiero curar. Amo que me hagan regalos, que me sorprendan y ser algo así como el epicentro de la atención: un regalo está destinado a uno, por lo tanto, uno en ese momento no sólo se siente, sino que es importante para alguien. No me da lo mismo que me regalen algo o no… o que me regalen algo que me gusta o no. Quienes la han pifiado con el presente en cuestión pueden dar fe de mi cara de decepción indisimulable al ver algo que no entiendo porqué debería tener entre mis manos ¿Cómo podés esperar que alguien esté contento si le regalás un par de medias o un slip? La única con el derecho a no ser reprocahda ante esto es la abuela, y nadie más. ¿Un desodorante? Cruzo la calle y me lo compro en el mercadito de enfrente.

Igual, a esta altura del partido, es decir, con el pasar los treintaypirulos, la cosa con los regalos se va perdiendo; como así también, en consecuencia, el asunto de las fiestas. Mi hipótesis es que la cantidad de regalos recibidos para las fiestas es inversamente proporcional a la edad que se tiene más la cantidad de niños que existan en la familia reunida alrededor de la mesa navideña. Por lo tanto, he llegado a la edad adulta en la que son más los regalos que hago que los que recibo y, para peores, estos últimos ni se acercan a ser los mejores de la noche, ya que ese privilegio le corresponde tenerlo a los críos. Pero ahí sí y todo, sigo esperando ansioso que llegue Papá Noel para descubrir, maravillado, qué me trajo este año y si, entonces, me porté bien o mal (esto último es por si un niño/a está leyendo esta columna, no sea ortiva).
Y así es como se va tiñendo la cosa para un lado que no es el rosa, precisamente. Pocos regalos y, encima, productos de la escasa imaginación de quienes los hacen. Por eso, y para no celebrar tan acarameladamente este fin de año quiero dedicarle esta columna y mis deseos navideños a ese grupo selecto de personas que ODIO hasta perder las ganas de brindar con Ananá Fizz sin alcohol por poco imaginativos. Despreciables seres con pachorra que no saben ni quieren hacer regalos. Sí, a ustedes que preguntan "¿qué querés que te regale?"; o, peor, "te doy la plata y comprate lo que quieras porque no se me ocurre qué regalarte", los detesto. ¿Acaso no saben que el hacer un regalo implica todo un conocimiento de la otra persona? ¿No se dan cuenta que haciendo eso nos están diciendo que no nos conocen un carajo y que siquiera les importamos un poquito como para ponerse a pensar en qué podría llegar a gustarnos y sorprendernos? O sea, ¡¿qué parte de regalar significa sorprender no entendieron, malditos ególatras?! Encima, con esa actitud esconden la felicidad que les provoca el hecho de ahorrarse el tsunami humano de las zonas comerciales para estas fechas, ya que no se mueven de sus casas, mientras que los demás padecemos los amontonamientos ansiosos e histéricos de dichas zonas.
Los odio, definitivamente los odio y les deseo de corazón que después de 12 el único regalo que reciban sea el de un corcho en el ojo y que terminen su Nochebuena en el dispensario más cercano, solo y con 25 puntos de sutura.
Al resto le deseo que la pase tan bien como espero pasarla yo. ¡Jo, jo, Jo!
(Columna escrita para el #107 del Periódico Pausa)

El clásico (balazo de goma)


Algunas reflexiones sobre los "incidentes" constantes en el fútbol... 

Mientras aún se está jugando el clásico de fútbol santafesino me siento a redactar esta página. Y usted, entonces, dirá: “O a este pibe el fútbol le importa un pito o es de Unión, porque sino no dejaría de ver el partido”.
Bueno, yo le respondo: ¿usted a eso le llama fútbol? El partido demorado por disturbios en una tribuna, balazos de goma y usted aún insiste en hablar de fútbol... en fin. Los jugadores (oportunistas como pocos a escala universal) del equipo que pierde pidiendo que el partido siga; y los del otro equipo ni mu, mientras, insisto, se están disparando balazos a personas amontonadas; y esta es una situación en la que la camiseta es absolutamente indiferente.
Ajá, fútbol… y sí, porque a pesar de todo eso el partido se reanudó con el argumento de “si se suspende puede llegar a ser peor”. Porque es fútbol. Y es pasión… y es para todos y todas. Y hay compromisos televisivos y pautas comerciales que respetar. Ah, ¿usted en serio creía que eso de los 15 minutos de entretiempo a rajatabla era por respeto a las leyes? Bueno, y sí; qué sé yo… también siguen hablando de fútbol mientras se vuelve a demorar el partido y ahora a los balazos se le suma agua y réferi empecinado en que el partido termine.
Y a qué no sabe qué. Sí, el partido terminó y un jugador del vencedor entrevistado, ante la retórica periodística confiesa estar muy contento (claro) porque es el mejor regalo para la gente… si fuera policía, el regalo para la gente sería un balazo, pero no, es jugador de fútbol.
Pero bueno, como para no generar la sensación de estar queriendo culpabilizar a una camiseta, es necesario decir que esto pasa cada 2x3 y que hasta en un momento se puso de moda esto de generar quilombo para suspender un partido que no querés terminar perdiendo. Traduzcamos: generar quilombo significa terminar poniéndole el pecho a balas de goma, manguerazos, romper instalaciones, agarrarse a trompadas. Del otro lado de la manguera podemos resumir el conjunto de prácticas en el siguiente vocablo: represión. 



Sin embargo, esto no es lo que más asco me da. No. Lo que más me tiene podrido es que todo lo anterior esté completamente naturalizado. Es normal, esperable. Se sabe que puede pasar y lo más probable es que pase… y pasa. Pero y entonces, me pregunto si soy muy ingenuo creyendo que en estas condiciones, a sabiendas de todo eso, no se puede jugar más al fútbol. Mucho menos aún, seguir hablando de un partido de fútbol como si nada.
El famoso “no pasó nada”, mientras no haya un muerto, ¿no? Dejé el Tv prendido mientras escribo esto y en el partido siguiente (que comenzó impuntual ya que el clásico se demoró por el quilombo ya mencionado… o por la represión, como usted prefiera) y los comentaristas de este partido mencionaron algunos “incidentes” en la tribuna visitante y nada más. Está completamente incorporado a nuestra cotidianeidad… O sea, lo “de siempre”: algunos piedrazos, llega la cana, revolea balazos y, como si nada, un oficial provocando a los hinchas arengándolos a hacerles frente (televisado). O sea, insisto: lo de siempre… y como siempre pasa, va a volver a pasar. Mañana Tognoli… ah, no, perdón… Tognoli no, pero algún alto cabecilla de la Policía Provincial va a confirmar que el operativo fue un éxito y el clásico la fiesta de la gente.
Esta columna no hubiese querido escribirla, y menos aún con tanta moralina. Pero me parece obligación decir que jugadores, dirigentes, funcionarios, periodistas, hinchas y terceros que aún después de esto sigan hablando de fútbol son cómplices de reproducir incidentes y represión… hay toda una lógica que ha sabido muy bien anclar en el individuo y que los hace cómplices de que mientras no le pase a alguno de mi camiseta o de la que -peor- me dé de comer, no pasa nada… y yo ya estoy podrido de esa lógica… y podrido de que efectivamente no pase nada cuando está pasando de todo.

Tochi para el Lic. Ramiro!

Nos tomamos un tiempito para devolverle al mundo la obra del incógnito Lic. Ramiro.
Pero todo tiene su explicación, y lo que vale, cuesta... o lo que cuesta, val... bueh, vayan a saber cómo era. La cosa es que nos demoramos en publicar más fragmentos de la obra del magnánimo porque estuvimos siguiendo una pista sobre el posible paradero de nuestro maestro... ¡y lo encontramos!
Sí. Los amigos del Periódico Pausa desde hace ya casi 2 años lo tenían en cautiverio produciendo textos y alimentándolo... precio altísimo para una obra tan minúscula: el Licenciado morfaría como bestia.

Como sea. Luego de largas y ásperas negociaciones hemos logrado, partido de truco mediante, conseguir reproducir la obra que al mismo tiempo la gente del Pausa publica quincenalmente del Licenciado. Supimos también que el Lic. tendría un facebook y que allí estaría posteando algunas ideas en forma de "Qué está pensando el Lic?", y que quí publicaremos como sus Máximas, además de sus odiados, las celebridades que nos cuentan qué sintieron al conocerlo y, algunas otras novedades que iremos, gradualmente, haciendo aparecer en el blog...
... por lo pronto, estén alertas... ¡el Lic. Ramiro is back!

Derechos humanos, seh… ¡derechos pa’ los ladrones querido, no humanos!

El miércoles pasado me tocó presenciar el segundo robo en lo que va del año. Esta vez sucedió en la esquina de mi casa… esquina retrógrada y reaccionaria si las hay.

Caminaba ingenuamente a comprarme puchos, cuando escuché un chillido (y si hablamos de chillido, hablamos de vieja) de una vecina exigiendo “Agárrenlos, agárrenlos, se lleva la cartera”. Tuve la excusa perfecta: estaba en ojotas, motivo por el cual seguí caminando desapresuradamente hacia el kiosco en busca de mi futura enfermedad.

Al llegar a la esquina estaban todos allí incluida la que me vende puchos; y, por lo tanto, me tuve que quedar con cara de muy preocupado por la víctima y por la permanente inseguridad con la que vive el barrio. Por supuesto, me apiado de la pobre piba a la que le afanaron papeles identificatorios y la recaudación de su día laboral. No me alegra que a alguien le roben y le hagan pasar un momento de mierda.

Los hits fachos, ante el lamentable suceso, no se dejaron esperar. Hacemos aquí el ranking de ellos:

1.- Habría que matarlos a todos, negros de mierda.

2.- Los deberían envenenar y tirarlos al río… total nadie los va a reclamar.

3.- Derechos humanos, seh… ¿y los derechos de los que laburamos? Tenemos que vivir enrejados culpa de estos pendejos de mierda que entran por una puerta, salen por la otra y después vienen a vengarse.

Pero hubo bonus tracks o nuevos hits que no aparecen en la lista de rankeados pero que pronto estarán en los primeros puestos. Por ejemplo:

1.- 30.000 fueron pocos… deberían haber matado a todos.

2.- Habría que replantearse el día de la memoria… es para pensar.

Estos 2 hitazos, novedosos y pegadizos, tienen que ver con que el hurto fue 1 día antes del 24/03 estatizado y en el cual conmemoramos un nuevo aniversario del golpe militar genocida en Argentina.

Obvio, asistí a todo eso sin abrir la boca y esperando… mejor dicho desesperando porque me vendieran puchos. Lo insólito sucedió después, al repasar lo ocurrido y el repertorio facho de un barrio bien como es Candioti “Soho”…

Terminé admirando la inteligencia de las viejas y vecinos “comunes” de mi barrio; su sagacidad, su lucidez intelectual; su ojo sociológico. Sí, realmente, porque yo la verdad que por más que pienso y pienso y estudio y escribo y repienso cualquier tipo de precepto histórico político aún no pude vislumbrar, como sí lo hicieron mis vecinos, el nexo necesario que existe entre un montonero asesinado y desaparecido y un motochorro… cuál es la relación causal entre un militante político de los ’70 opositor al régimen asesino de las FFAA y un punguista. Cómo es que un torturado/a tiene consecuencias en la aparición de un ladrón oportunista que se aprovechó de una piba ingenua que vuelve a su casa con el sueldo del día ($350) caminando y que no se le ocurre tomarse un taxi que, a lo sumo, le costará $10; más teniendo en cuenta que si eso gana en un día, lo que gana al mes le permite ese lujo en el transporte y llegar segura a su casa.

Sinceramente, envidio la agudeza antropológica de la vieja conventillera que, horrorizada por lo que le cuentan Fantino, Graña, TN, Andino, Crónica, Clarín, La Nación, Canal 26, etcs mediáticos, está en condiciones de develar relaciones sociopolíticas profundas, que se orientan a explicar el ser argentino, de manera tan elocuente, rápida y contundente, sin exponer argumento racional alguno… Créanme que quedé absorto y que la escuela del barrio suplanta cualquier educación filosa que puedan llegar a planificar las carreras de Humanidades y Ciencias Sociales… y que no hay mejor maestra como la que te vende puchos en la esquina de tu casa.

Atención al cliente o "Atención: cliente"


- Garbarino, buenos días.

- Hola, ¿qué tal? Mirá, yo te llamo para hacerte una consulta.

- Ya cerramos. Atendemos hasta las 12:30.

- Ok, chau.

- Chau.

Algunas conclusiones:

Después de esto, resérvense de cualquier comentario peyorativo sobre la administración pública.

Acá el problema no es lo público vs. lo privado… el problema es la hijaputez del chanta.

Si ya cerraron: ¿Qué hacés atendiendo el teléfono?

Y si vas a atender, ¡¿para qué respondés diciendo “Garbarino, buenos días”, si no atendés más al público?! ¡¿Acaso sos una vendedora con mucho sentido del humor, pedazo de yegua perversa degenerada?!

Máximas para una pacífica Convivencia Ciudadana

En los cajeros automáticos debería existir un tiempo máximo para que una persona realice sus trámites. Una vez excedido ese plazo (yo propongo como cifra razonable 3 minutos con 30 segundos) la máquina le retendría la tarjeta al usuario, quien deberá retirarla luego en el Banco dentro de las 72 horas posteriores.

De esta manera considero estaríamos combatiendo dos de los mayores flagelos que perturban la convivencia pacífica en nuestra sociedad: la vejez y la idiotez.-

Ya ni sé cómo me llamo...

Hace ya casi 2 años que trabajo en el mismo lugar y con los mismos compañeros. No somos muchas personas y con la gran mayoría comparto casi 6 horas por día de la semana...

Sin embargo, no logro superar siquiera así, con tanta cotidianeidad, mi gran karma: hay, en la Agencia, quienes todavía, y a pesar de verme la cara todos los días desde hace 2 años, creen que me llamo Rodrigo. Pero ese no es el problema del que quería hablarles, no...

Después de casi 33 años ya me acostumbré a que se confundan mi nombre (y mi apellido ni les cuento), pero tengo un compañero que ya excede los límites de cualquier confusión... No sólo está convencido de que me llamo Rodrigo, sino que encima cada vez que me ve, de manera muy simpática me saluda diciéndome: "Hola Rodri, cómo andás?", acompañado de una palmadita en el hombro. No se si se dan cuenta de que este tipo ya roza la inocente crueldad, ¡y no puedo hacer nada contra eso!

¡Sí, el tipo ya me tiene confianza, me agarró cariño, me llama por mi falso diminutivo y para colmo le interesa saber cómo estoy! Y a mí no me queda otra alternativa que contestarle "Bien che, y vos?", porque ante tanta amabilidad de su parte no me nace arruinarle su simpatía, cortarle el mambo, diciéndole "Ando bien, pero me llamo Ramiro". Siento como que si yo le salgo con algo así se va a sentir como el niño al que le roban la golosina y nuestros cordiales encuentros pasarán al bando de la indiferencia y el resentimiento...

Por eso apelo a la astucia de quien me lea... ¿cómo hago para que me llame por mi nombre y sigamos palmeándonos los hombros como hasta hoy?