El arte en la tuquera de Hernán

¿Te gustan Las Pastillas del Abuelo? Yo no los conocía y me bajé un montón de temas para escucharlos... y llegué a la conclusión siguiente: no me gustan. Y estas son las razones. Esta columna fue publicada en el #116 del Periódico Pausa y fue una de las notas más leídas del blog del Periódico durante el 2013.


Hace un par de semanas decidí bajarme unos temas de Las Pastillas del Abuelo (LPDA) por dos razones. Primero, me habían dicho que sus letras tenían algunos toques sabineros y como Sabina me gusta quería fijarme qué onda estos muchachos. Y, segundo, es una de las bandas con mayor aceptación en los individuos de la franja etaria de mis alumnos de la facultad (entre 18 y 25 años), y quería saber por qué les gusta tanto.
Mi intención en esta columna no es ponerme en juez del buen gusto y concluir que LPDA son buenos, malos, más o menos; o si hacen buena o mala música, porque, además, yo de música no sé nada y no puedo distinguir si un pentagrama tiene renglones o rayas; o cuáles son las diferencias entre las corcheas y un corcho. Y, además, LPDA son un ejemplo al azar de un conjunto de bandas.
La cantidad de temas que descargué para escuchar representa la mitad de las canciones que la banda editó desde su creación y, se supone, es una recopilación con lo mejor de la misma. El total de sus letras están escritas en primera persona del singular (yo) y en un porcentaje cercano al 80% el que las escribe se las refiere a una segunda persona del singular (tú) que, por lo general, es una chica. Por lo tanto, las canciones hablan de -casi todas- a una situación personal del autor y se las cuenta, como si fuera íntimamente, a otra persona. Por otro lado, no existen casi las adjetivaciones, y cuando existen son tan vulgares como “fuerte sentimiento”, “calurosa pasión”, “día gris”, etc. La referencia a estas situaciones son directas e inmediatas: el tipo está contando su vivencia personal, no lo que él sintió en relación a esa situación o a una situación que lo exceda más allá de haberla presenciado. Digo esto porque tal vez alguno me quiera correr diciendo que eso hacen los poetas. No, mentira. Los poetas expresan su interior, lo que sienten en una situación (de allí la famosa “función expresiva” del lenguaje… y qué feo tener que acudir a Jacobson para defender mi hipótesis) y no describen literalmente esa situación singular.
A propósito, de las metáforas o alegorías, mejor ni hablemos: brillan por su ausencia. Y aquellas que intentan llegar a ser una, se quedan en la célebre comparación “arjoneana”.
Para que vean que no exagero, voy a poner tres ejemplos que intentan ilustrar lo que afirmo:
-  pica el bagre y la sonrisa se empieza a borrar / lo puedo sentir siempre un as bajo la manga / quien será el primero que se compre uno de milanga.” Canción: El sensei. (Ramón y Juan Pedro Fasola están en el cielo apuñalándose los oídos con unos diamantes que les prestó Lucy)
-  “no pudiste decirle que no a esa línea que separa la vida en locura y realidad (…) pediste una pala para cavar tu fosa (…)”. Y la canción termina con el sonido de un tipo aspirando.
-  Una de las canciones se llama “Puta”. Sí, hace referencia a una prostituta.
Los chicos que necesitan Viagra

Es decir, las referencias al estado de cosas (el “él” necesario al que toda enunciación debe hacer presente) es inmediato, literal, pornográfico diría, quitando la denotación sexual del término (¡Qué casualidad que las web más visitadas son las pornográficas!). Son letras que necesitan explicar todo, mostrar todo, no dejar lugar más que a una interpretación literal de los sucesos referidos. La no simbolización hace que el pensamiento se limite a razonar de manera inmediata…o sea, que no razone. Y los enunciados que logra este tipo de “poesía” es singular: hace referencia a la porción del mundo que sólo se percibe mediante los sentidos, que se experimenta y que es inmediata con quien la está describiendo. Lo mismo pasa, por caso, con la cumbia villera (muy a pesar de que el pianito de Pablo Lescano embriague mi alma e hipnotice mis caderas cada vez que lo escucho): la descripción literal de un estado de cosas (“Laura se te ve la tanga”)… sin efectuar la crítica para el cambio de ese estado injusto.
¿Efectos? No existe el mundo más allá de lo que yo vivo; más allá del individuo. Y por lo tanto, todo lo que pueda explicar se limita a eso: a una justificación por la experiencia individual del sujeto, en repudio a todo intento de pensamiento abstracto. El único mundo concebible es el concreto, el que tengo ahí, que lo veo… y no necesito pensarlo ni reflexionarlo. Ni hablar de las limitaciones en el uso de la lengua, en la cantidad de palabras que tenemos a disposición para explicar o describir el mundo.
¿Y qué tiene que ver con mis alumnos? La extendida dificultad para elaborar un pensamiento abstracto; las carencias a la hora de reflexionar sobre una consigna que no pida la definición literal de un texto. Las deficiencias en las lecturas reflexivas de los autores que leen. La escasa cantidad de palabras utilizadas para responder y la recurrencia casi permanente a la ejemplificación como estrategia argumentativa. Por supuesto, la relación no es tan directa y existen múltiples factores que intervienen y condicionan la misma… y el arte es uno de esos factores, sin duda.
Si este es el arte que hoy mejor representa a la juventud; si este es el modo que tiene el arte de representar el mundo de los jóvenes; si este es el producto de consumo y adoración de los adolescentes y jóvenes, entonces ¿qué van a reproducir nuestros jóvenes? Al menos tengamos el decoro de no echarles la culpa por el sistema de consumo industrial y veamos qué, como adultos, les estamos ofreciendo a quienes luego serán nosotros.

Mientras tanto, la imaginación, aquello que podría ser posible y que contrasta con el estado actual de cosas (miserable, por cierto), el pensamiento, la poesía, la crítica, aquello que estimula la idea de otros mundos posibles (y mejores) siguen esperando que Hernán saque de la galera una hermosa tuquera.

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